SIMÓN WIESENTHAL 

 

OPERACIÓN NUEVO MUNDO 

(La misión secreta de Cristóbal Colón) 

 
 

EDICIONES ORBIS, S.A. 

 
 
 
Título original: Segel der Hqffhung (Die geheime Mission des Christoph Columbus) 
Traducción: Jaume Costas Dirección de la colección: Virgilio Ortega 
© 1973 by Opera Mundi, París  
© 1973 by AYMÁ, S.A. EDITORA, Barcelona  
© Por la presente edición. Ediciones Orbis, S.A.  
Apartado de Correos 35432, Barcelona 
ISBN: 84-7634-382-5  
D.L.: B-33204-1985 
Impreso y encuadernado por 
Printer, industria gráfica s.a.  
Provenza, 388 08025 Barcelona 
Sant Vicenç dels Horts (1985) 
Printed in Spain 

SIMÓN WIESENTHAL 

OPERACIÓN NUEVO MUNDO 

(La misión secreta de Cristóbal Colón)

 

 

3

 
 
 

El que no recuerda su pasado está condenado a revivirlo. 

GEORGE SANTAYANA

 

 
 
 

 

 

Una de las tres carabelas de Colón. Xilografía que figura en la edición latina del 

informe enviado por Colón a los Reyes Católicos (De insulis in mate Indico nuper 

viventis. Basilea, 1493-1494). 

SIMÓN WIESENTHAL 

OPERACIÓN NUEVO MUNDO 

(La misión secreta de Cristóbal Colón)

 

 

4

 
 

I. EL CICLO DEL DESTINO 

 
 
 
 

 

 

Desembarco de Colón, según un grabado del siglo XVII. 

SIMÓN WIESENTHAL 

OPERACIÓN NUEVO MUNDO 

(La misión secreta de Cristóbal Colón)

 

 

5

Las tres carabelas que han de llevar a Colón a tierras indias están ancladas en el puerto 

de Palos. Es el 2 de agosto de 1492. Ha cerrado ya la noche. Colón, de pie en el muelle, 
observa cómo van embarcando los últimos marineros y demás participantes en la expedición. 
Ha ordenado que todos se hallen a bordo antes de las once de la noche. 

Sabemos por la historia que la «Pinta», la «Niña» y la «Santa María» no se hicieron a 

la mar hasta el día siguiente, el 3 de agosto. ¿Por qué ordena Colón a los tripulantes que 
embarquen ya antes de medianoche? ¿Por qué atiende personalmente a que ello se cumpla? 
La orden va contra el uso de la gente de mar, que antes de una larga navegación suelen 
permanecer en tierra al lado de la familia hasta el último momento. ¿Por qué esta vez no es 
así? La fecha en que se inicia la empresa, 2 de agosto de 1492, da qué pensar. Por decreto de 
los reyes Isabel y Fernando, desde las doce de la noche del mismo día, ningún judío debe 
hallarse ya en territorio español. ¿Afecta quizá tal decreto a algunos de los participantes en la 
expedición? ¿Hay judíos a bordo de las naves de Colón? ¿Guarda relación su viaje de 
descubrimiento con la expulsión de los judíos? En suma: ¿es que la empresa colombina tiene 
que ver, de un modo u otro, con la persecución de los judíos? Al investigador se le plantean 
de golpe todos esos interrogantes, que exigen de él una respuesta satisfactoria. Pero antes de 
que nosotros mismos intentemos encontrarla, dejemos hablar a Colón: 

«Así que, después de haber echado fuera todos los judíos de todos vuestros reinos y 

señoríos, en el mismo mes de enero mandaron Vuestras Altezas a mí que con armada 
suficiente me fuese a las dichas partidas de India.» 

Así empieza su diario. Con esos dos hechos encabeza su relación sobre el 

descubrimiento de América. 

A primera vista está uno por creer que se trata de un embrollo cronológico, pues es 

bien sabido que el edicto de expulsión se firmó el 31 de marzo de 1492, mientras que el viaje 
de descubrimiento había ya obtenido el beneplácito real tres meses antes, o sea, en enero, tal y 
como indica el diario. El acuerdo entre Colón y los reyes, sin embargo, no se firmó hasta el 17 
de abril. ¿Cómo se explica esa aparente confusión de fechas? Sólo cabe entenderla de la 
siguiente manera: los preparativos para expulsar a los judíos estaban, ya en enero, tan 
avanzados, que eran del dominio público en la Corte, de modo que Colón y sus protectores los 
conocían. Las fechas se suceden en este orden: enero, aprobación del viaje de Colón; marzo, 
decreto de expulsión de los judíos. Pero convergen en el 2 de agosto: último día de 
permanencia de los judíos en España y víspera del viaje de descubrimiento. Con el proverbial 
instinto del genio, que mostró también en tantas otras ocasiones, aúna Colón ambos sucesos al 
principio del diario. Los historiadores que se ocupan de aquella época convienen en que el 
descubrimiento de América y la expulsión de los judíos son los acontecimientos más 
trascendentales de toda la historia española. 

Esa noche es una encrucijada histórica. Finaliza en ella un capítulo. Se abre otro que 

no sólo va a determinar la historia de España, sino la del mundo entero. Que las tripulaciones 
de la «Pinta», la «Niña» y la «Santa María» tengan que haberse recogido a bordo a las once es 
uno de los numerosos enigmas que Colón y la ejecución de su viaje de descubrimiento nos 
deparan. Colón sabe que, al cabo de una hora en punto, la Santa Hermandad, la milicia urbana 
y los familiares de la Inquisición se movilizarán para averiguar si, pese al decreto, quedan aún 
judíos en España. Pero el hecho de que Colón quiera ver a bordo a toda su gente ya a las once 
de la noche no puede separarse de otros varios que parecen asimismo bien enigmáticos. Es 
menester considerar todos esos hechos, históricamente documentados, en su conjunto. La sola 
personalidad de Colón, tan llena de contradicciones a nuestros ojos, no puede servir tampoco 
para descifrar los enigmas. Éstos no empiezan a aclararse sino al procurar entender el 
entramado de los distintos datos. 

La relación Colón-judíos no fue casual, sino querida por ambas partes. Así lo han 

comprendido no pocos investigadores desde hace ya tiempo. Se han dedicado múltiples 

SIMÓN WIESENTHAL 

OPERACIÓN NUEVO MUNDO 

(La misión secreta de Cristóbal Colón)

 

 

6

análisis a explicar su origen. Los resultados, hasta aquí, son poco satisfactorios. 

La presente investigación pretende ofrecer una nueva teoría interpretativa bien 

cimentada en los sucesos de aquel tiempo. 

Numerosos investigadores han constatado ya que el círculo de personas que 

sostuvieron los planes de Colón relativos a un viaje de descubrimiento estaba compuesto en 
su mayor parte por judíos y de judíos conversos. Más adelante nos detendremos en ese punto: 
sin la colaboración de tales personas, que intercedieron ante la pareja real, que aportaron 
ayuda financiera y que aprestaron medios científicos náuticos, Colón no habría llevado a cabo 
su viaje de descubrimiento. Se nos puede objetar, cierto, que el nuevo continente también se 
hubiera descubierto sin Colón. Los tiempos estaban maduros para ello. Otras naciones estaban 
también preparándose para viajes rumbo a lo desconocido. Pero, repitámoslo en pocas 
palabras: sin la ayuda de los judíos, el viaje de Colón no hubiera tenido lugar. Para 
demostrarlo, tenemos que referirnos a la situación de los judíos en la España de entonces. 

 
Los judíos se habían asentado en la Península Ibérica desde siglos antes del 

nacimiento de Cristo. Es probable que llegaran a ella junto con los fenicios. Varias 
poblaciones españolas —Toledo, Maqueda, Escalona, Yepes y Aceca— denotan un origen 
judeo-palestino. Llevan nombres de carácter hebraico. El nombre Toledo procede de 
Toledoth, es decir, «la ciudad de las generaciones». La guía municipal de Toledo indica hoy 
esa etimología. Se supone que se establecieron en ella miembros de las tribus de Israel. El 
nombre Aceca significa «fortaleza»; Escalona se llama así por Ascalón, localidad israelita de 
la tribu de Simeón; Maqueda por Maceda, de la tribu de Judá; Yepes por Jope (Jaffa), de la 
tribu de Dan. Son aún probablemente de origen judío los nombres de bastantes otras 
poblaciones, como Layos y Noves. Se adoptaron tales nombres en recuerdo de ciudades 
palestinas contemporáneas. 

En tiempo de Cristo, judíos hispanos peregrinaron a Jerusalén. Se les llamó sefardim, 

gentilicio derivado de la designación bíblica Sefarad: la tierra occidental del Mediterráneo, 
España. También el profeta Abdías se refiere a esa parte extremo-occidental del Imperio 
Romano como Sefarad. Más tarde, el apóstol Pablo habla de la necesidad de predicar el 
Evangelio entre los judíos de la Península Ibérica. 

En la Edad Media, cuando los judíos hispanos, entre otras medidas defensivas contra 

las persecuciones, trataron de describir a los soberanos cuan largo tiempo llevaban ya 
vinculados al país, precisaron que se habían establecido ya en España tras la destrucción del 
primer templo y que procedían de la tribu de Judá. 

 
Los judíos hispanos sobrevivieron a los sucesivos conquistadores. Todos ellos se 

mezclaron pronto con la población indígena y acabaron diluyéndose en ella. Los judíos, en 
cambio, fueron una y otra vez perseguidos, se acomodaron en ocasiones a los 
conquistadores..., y los hallamos de nuevo como grupo diferenciado en la época de que 
proceden los primeros testimonios documentales escritos. Viven tanto entre los moros 
musulmanes como entre los españoles católicos, escindidos en varios reinos. En el siglo IX, 
historiadores musulmanes califican a Granada y Tarragona de «ciudades judías». Judíos y 
cristianos disfrutan en el sector árabe de plena libertad. Se rigen por una jurisdicción 
autónoma. La comunidad judía de la España musulmana es la más numerosa de Europa. 

Los judíos han venido quebrantando el principio universal de que, con el tiempo, todo 

inmigrante se integra en su nuevo medio y pierde al cabo su identidad. La historia de las 
emigraciones e inmigraciones es, lisa y llanamente, la historia de la humanidad. El día en que 
alguien la escriba, se leerá en ella que, por lo regular, los inmigrantes no tardan en adaptarse a 
su ambiente, abandonando a lo largo de los años lo que habían traído consigo en su equipaje 
de emigrantes. Y ello por razones de seguridad, de oportunismo, para salir al paso de nuevas 

SIMÓN WIESENTHAL 

OPERACIÓN NUEVO MUNDO 

(La misión secreta de Cristóbal Colón)

 

 

7

dificultades. Se arroja todo lo pretérito como un lastre. No así los judíos. Lo que habían traído 
consigo, lo han conservado después en gran parte. De ahí que sean los judíos, en ese aspecto, 
una excepción histórica. Su peculiar conducta les ha acarreado continuas dificultades y 
persecuciones. 

El antisemitismo de muchos pueblos ha constituido la venganza de los elementos 

autóctonos contra gentes que no querían asimilárseles. No es ésta, claro está, la única 
explicación del antisemitismo, fenómeno bimilenario, pero sí una de las principales. 

En el caso de España, se hace difícil hablar de grupos étnicos autóctonos. Depende del 

momento de su historia a que uno se refiera. Sea cual fuere el que se elija, sin embargo, 
siempre aparecerán los judíos como pobladores viejos. El desarraigo que los antisemitas han 
solido achacar a los judíos a fin de marcarlos como extranjeros a ojos de la población 
«autóctona» no reza con los judíos de España. Los judíos de ambas zonas de España, la 
musulmana y la cristiana, estaban unidos con el resto de la población por vínculos amistosos y 
culturales. Como han probado las autoridades en la materia, constituyeron el puente entre la 
cultura árabe-mora y la hispanocristiana. 

La persecución de los judíos de España por los visigodos empezó en el año 612, 

cuando el rey Sisebuto decretó que fuesen discriminados. Esa medida iba a perdurar como 
inamovible institución de los reinos hispanos medievales. A principios del siglo VII había 
cristianos que se convertían al judaísmo. Sisebuto lo prohibió bajo las penas más severas. 
Todo judío que convirtiera a un cristiano incurría en pena de muerte y pérdida de bienes. 

En otra de las múltiples vicisitudes de la historia de España, los musulmanes 

vencieron a los visigodos y conquistaron casi la totalidad de la Península, donde erigieron el 
emirato, más tarde el califato, de Córdoba. Poco a poco, diversos reinos cristianos fueron 
recobrando parte del territorio. El califato cordobés se disgregó en múltiples reinos de taifas. 
Había judíos en ambas zonas. Los reyes cristianos se maravillaban del alto nivel cultural que 
descubrían en los reinos musulmanes sometidos. Los judíos, asociados a esa cultura islámica, 
asumieron el papel de mediadores: transmitieron en parte a los cristianos los adelantos de la 
civilización islámica. No obstante, el pase de la soberanía musulmana a la cristiana fue para 
ellos un golpe durísimo. 

Los judíos residían por entonces en barrios llamados aljamas, donde disfrutaban de 

una organización autónoma. Los vecinos de cada aljama estaban en contacto con los de todas 
las otras ciudades de España. Los ghettos cerrados no aparecieron sino posteriormente. Los 
reyes de Castilla y Aragón les otorgaron también autonomía, por razones económicas. Los 
tributos percibidos de los judíos constituían la única fuente de ingresos segura y constante de 
las arcas reales. Además de las exacciones normales en concepto de impuestos, debían 
satisfacer aún cada año la cantidad de 30 denarios en recuerdo de cierto judío que otrora, 
según los Evangelios, los había tomado en forma de 30 monedas de plata. Una especie de 
«reintegro». El ghetto era responsable del pago global y repartimiento de los tributos entre sus 
habitantes. Como la tesorería real padecía estrechez crónica, los ghettos tenían que adelantar a 
menudo elevadas cantidades a cuenta de las contribuciones futuras. 

En la España cristiana de la Edad Media, los judíos formaban un grupo racial y 

religioso compacto que se diferenciaba del resto de la población. De ahí que resultase 
necesario dictar leyes especiales para ellos, privilegios que les aseguraran vida y hacienda. 
Recibieron también el derecho de administrar por sí mismos sus asuntos internos. Cuando 
empezaron a propagarse herejías en el seno de la cristiandad, y la Iglesia se puso a 
combatirlas, era inevitable que extendiese su lucha de los herejes a los judíos. Se acusó a los 
judíos de apoyar a los herejes. Parte de las antiguas leyes para judíos, que habían dejado de 
aplicarse hacía ya siglos, volvieron a entrar en vigor en virtud de una bula del papa Inocencio 
III. Nuevas ordenanzas acentuaron las limitaciones impuestas a la vida de los judíos; tenían 
por objeto imposibilitar la convivencia de judíos y cristianos en los estados cristianos de 

SIMÓN WIESENTHAL 

OPERACIÓN NUEVO MUNDO 

(La misión secreta de Cristóbal Colón)

 

 

8

Europa. 

A toda costa era preciso remover a los judíos de las posiciones que, gracias a su 

actividad económica y científica, habían logrado escalar en numerosos estados europeos, por 
cuanto desde las mismas ejercían «mala influencia» sobre los cristianos. Los judíos eran 
asesores financieros, arrendatarios de contribuciones, médicos. Sobresalían así mismo en el 
comercio internacional. En España desempeñaban, además, diversos oficios mecánicos: 
hacían de curtidores, zapateros, guarnicioneros, joyeros, cuchilleros, tejedores de lana y seda; 
eran también, a la par con los moros, reputadísimos herreros. 

Contra todos ellos se vuelve la Iglesia. En adelante, los judíos no deben tener ningún 

papel en la vida de los cristianos. Cree la Iglesia que son muy influyentes, en particular, los 
médicos judíos. La mayor parte de los reyes, príncipes y grandes señores, e incluso no pocos 
obispos, se valían a la sazón de los servicios de un médico de cámara judío en quien tenían 
depositada su confianza. La Iglesia sabía muy bien que esos médicos intercedían a menudo a 
favor de sus hermanos de raza contra disposiciones discriminatorias. Los temía: en muchos 
casos lograban, efectivamente, desbaratar sus designios. A partir del siglo XIII, una serie de 
sínodos eclesiásticos se pronuncian contra la actividad de médicos judíos entre cristianos. Así 
el de Béziers de 1255, el de Viena de 1267, el de Aviñón de 1326, el de Bamberg de 1491. 
Todas esas condenas vienen expresadas en términos casi idénticos. Rezan: «Al cristiano más 
le vale morir que deber la vida a un judío». El hecho de que tales edictos tengan que irse 
reiterando de sínodo en sínodo prueba que los magnates, pese a las disposiciones de la Iglesia, 
se resistían a separarse de sus médicos de cabecera. Para conservar sus puestos, numerosos 
médicos de cámara de España y Portugal fingen entrar en la Iglesia. Sus señores no ignoran 
que se trata de falsos bautismos, pero hacen la vista gorda. En general, sin embargo, el odio 
contra los médicos judíos y el recelo ante la «medicina judía» se propagan. 

La Iglesia se infiltra en todas las esferas de la vida. Nada ha de escapar a su influjo. 

Tampoco la economía. No obstante, al querer desplazar de ella a los judíos, tropieza con 
problemas que no sabe solucionar y opta por desentenderse de los asuntos monetarios. 

¿Cómo iba a ser posible compaginar el gobierno de un Estado y la renuncia al dinero? 

Disponer de dinero significaba en aquellos siglos tomarlo prestado para devolverlo cumplido 
cierto plazo, y al punto hacerse prestar más. En diferentes Estados europeos, el importante 
papel económico del prestamista corría a cargo sobre todo de judíos. Se habían visto 
compelidos a asumirlo justamente por las trabas a que se les había sujetado, tanto en los 
oficios mecánicos como en la posesión de bienes raíces y en la agricultura. 

La aplicación rigurosa de las normas eclesiásticas en ese campo habría conducido en 

España a un caos económico. Tanto la Iglesia como la Corona lo sabían, y, en la práctica, 
prefirieron dejar las cosas como estaban. En el año 1462, los representantes burgueses de las 
Cortes reaccionaron a un intento de excluir a los judíos de las operaciones financieras, 
suplicando que se les volviera a autorizar este tipo de actividades. 

Pero, en los demás campos, la Iglesia exigía una segregación radical entre judíos y 

cristianos. 

Lo quieran o no, los cristianos están vinculados a los judíos por la Biblia y por la 

historia primitiva del cristianismo. La historia postcristiana del judaísmo es a la vez una parte 
de la del cristianismo. Las tentativas de los cristianos a lo largo de dos mil años para desasirse 
de los judíos evidencian esos vínculos, paradójicamente, con suma claridad. 

En aquella época de efervescencia interna, al ir tomando doctrinas aberrantes cada vez 

mayor incremento, la Iglesia se resolvió a combatirlas en disputas públicas con los sectarios. 
Verdaderos torneos de palabras que gozaban de gran popularidad y donde se contendía con 
vivo apasionamiento. Muy pronto se organizaron también para oponer a representantes de la 
Iglesia y judíos. 

En la relación entre cristianos y judíos, la polémica en torno a la interpretación de la 

SIMÓN WIESENTHAL 

OPERACIÓN NUEVO MUNDO 

(La misión secreta de Cristóbal Colón)

 

 

9

Biblia, común a ambas religiones, se extiende como un hilo rojo a través de los siglos. Sobre 
todo en España. De súbito, las controversias se alejan de los escritorios de los sabios y pasan a 
ventilarse en la calle, en forma de disputas públicas forzosas. Éstas duran bastante; en ciertos 
casos, meses. Los judíos están ahora en desventaja. Mientras sus rivales pueden vomitar a 
placer acusaciones e injurias, ellos deben guardarles respeto. Los rabinos tienen que redactar 
instrucciones internas para uso de los disputantes judíos, pues «los adversarios pueden acallar 
sus tesis con un puñetazo». 

Los cristianos han olvidado muy a menudo, quizá conscientemente, que fueron ellos 

quienes llevaron la Biblia judaica a todo el mundo, a paganos, a los habitantes de islas 
remotas; a fin de cuentas, fueron ellos quienes la universalizaron. El cristianismo no puede 
renunciar a la Biblia judaica: la Torah de Israel, el Pentateuco, constituye uno de los 
fundamentos del cristianismo. Pablo, que intentó y logró apartar el cristianismo del judaísmo, 
lo hizo movido por un sentimiento de «odio propio» judío. Con frecuencia, por otra parte, 
predominó en él más bien el amor-odio. Respecto al judaísmo, se conduce de una manera 
llena de contradicciones, o, por decirlo con otras palabras, procede dialécticamente. Los 
judíos le recriminan que haya adulterado el judaísmo de Jesús. Pablo, por su parte, increpa 
airadamente a los judíos porque éstos se niegan a admitir su interpretación del Cristo 
resucitado. De ahí que le resultara imposible permanecer dentro de la comunidad hebrea. 
Pablo rompió el marco de la religión judaica. De ahí que fuera él, a ojos de los judíos, el 
renegado por excelencia, y no Jesús. Posteriormente, muchos dignatarios cristianos han 
querido desechar y aniquilar el judaísmo en nombre de Jesús. En su afán por quitarse de 
encima escrituras sagradas del judaísmo, el Talmud, por ejemplo, han pasado por alto que se 
redactaron en la misma lengua de que se sirvió Jesús, o, cuando menos, en una lengua 
estrechamente emparentada con la suya. Como es bien sabido, Jesús hablaba hebreo o 
arameo, si no ambos dialectos semíticos. 

La personalidad de Pablo está descrita con gran acierto en un estudio reciente del 

escritor hebreo Shalom Ben Chorin. Pablo es el judío renegado que coopera a su propia 
tragedia. Es un ciudadano romano adepto a la fe de Cristo y enraizado en la cultura 
helenístico-judaica. 

La historia hebrea abunda en semejantes renegados. La tragedia personal de Pablo 

estriba en que, para los judíos, es un griego, y, para los griegos, un fariseo-rabino. No 
consiguió ser un judío para los judíos y un griego para los griegos. Hubo cristianos que le 
censuraron por introducir el espíritu talmúdico en el Evangelio. Sin embargo, muchos 
sucesores de Pablo se han complacido en prescindir de todo lo positivo que predicó sobre el 
judaísmo, su interpretación de la luz de Israel, para recoger tan sólo lo negativo. A vueltas de 
que casi siempre han entendido mal ese último aspecto, por escapárseles un factor decisivo: 
que se trató ante todo de una querella intestina del judaísmo. Más importante que tal o cual 
explosión de mal humor de Pablo (I Tes. 2, 14-16) es el grandioso cuadro teológico trazado en 
la Epístola a los Romanos, tan insoportable para muchos cristianos medievales, que 
procedieron a usurpar los bienes divinos atribuidos en ella a Israel: así se forjó la teoría del 
desheredamiento, que permitió eliminar a los judíos de una teología fundada en el judaísmo. 
Antes de que la cristiandad se diera a deshacerse de los judíos, no pocas veces matándolos, se 
tuvo primero que separarlos del Nuevo Testamento a través de una sutil teoría 
pseudoteológica, por cuanto aquél les reconocía hasta cierto punto su carácter de pueblo de 
Dios llamado a la salvación. 

En las disputas se debatía ante todo si el mundo estaba o no redimido. Aunque entre 

los sabios judíos existían al respecto diversas interpretaciones, en un punto concordaban todos 
los judíos: el mundo, tal y como era, no podía ser considerado por ellos como redimido. Bien 
se comprende. Otra cuestión capital giraba en torno al proceso de Jesús. Los judíos aducían 
que, cuando tuvo lugar, no habitaba en Palestina sino la octava parte del pueblo judío, de 

SIMÓN WIESENTHAL 

OPERACIÓN NUEVO MUNDO 

(La misión secreta de Cristóbal Colón)

 

 

10

modo que era injusto hacer responsables del mismo a los judíos de otros países y a sus 
descendientes. Errores y crímenes judiciales, observaban, se habían dado siempre, y seguían 
dándose por doquier; de pretender siempre imputárselos a todo un pueblo, no quedaría 
ninguno a salvo. Y añadían que cientos de millares de judíos habían sufrido antes y después 
idéntica suerte. 

Para estar a la altura de los teólogos judíos, tendió cada vez más la Iglesia a confiar en 

disputantes salidos de sus mismas filas, a hacerse representar por renegados. Con el tiempo se 
llegó a un espectáculo grotesco: las disputas se transformaron en lides entre judíos bautizados 
y no bautizados. 

Las disputas tenían lugar por lo común en la plaza más céntrica de la ciudad y, de 

hecho, servían para encrespar los ánimos de quienes las presenciaban. La plebe esperaba con 
impaciencia a que terminaran las razones para lanzarse sobre las juderías a saquear y matar. 

No siempre concluyeron las disputas en una derrota de los judíos. Del 20 al 31 de julio 

de 1263, se enfrentaron en Barcelona el judío renegado Pau Cristiá y el rabino de la 
comunidad local Moses Ben Nahman, y este último salió victorioso de la prueba. He aquí uno 
de los párrafos de su argumentación: «Desde los tiempos de Jesucristo hasta nuestros días, el 
mundo ha estado lleno de violencia y rapiñas, y los cristianos han derramado más sangre que 
los demás pueblos, y en su moral son tan desordenados como el resto de la humanidad. ¡Oh, 
que distinto sería todo para Vuestra Majestad y sus caballeros si no fuesen ya educados para 
la guerra!» El rabino recibió del rey una recompensa de 300 sueldos; al entregársela Jaime I el 
Conquistador, le dijo: «Nunca había visto defender tan bien una mala causa.» El sábado 
siguiente compareció el rey en la sinagoga con un séquito de dominicos y dirigió una 
alocución a los judíos. Un caso excepcional en la Edad Media. 

Debemos aún referirnos a otra disputa, la más importante de cuantas tuvieron lugar en 

la España medieval. 

A fines de 1412, con el Cisma de Occidente, cuando había tres papas a la vez, el 

antipapa Benedicto XIII, Pedro de Luna, ordenó a las comunidades judías, con el beneplácito 
del soberano de Cataluña-Aragón, que mandaran representantes de su ley a Tortosa. Las 
mismas despacharon como delegados a veinte sabios. La parte cristiana recurrió al judío 
bautizado Gerónimo de Santa Fe. Presidió los debates el propio Papa. Éste perseguía mejorar 
su posición frente a los dos papas rivales: rendir a los judíos en una disputa y subyugar luego 
a la religión judaica hubiera sin duda constituido una hazaña para el mundo cristiano. Las 
lides empezaron en febrero de 1413 y se prolongaron hasta noviembre de 1414. Al no 
corresponder sus resultados a las esperanzas de Benedicto XIII, dada la irreductible 
abundancia en razones del adversario, comenzó el terror. En distintas ciudades del reino 
catalano-aragonés, los monjes obligaron a judíos a bautizarse. Los llevaban después a la sala 
donde estaba celebrándose una disputa y les hacían allí abjurar públicamente del judaísmo 
con palabras de escarnio para los sabios judíos. Mas éstos siguieron impertérritos —de sobra 
conocían los métodos de la parte contraria—. Se optó entonces por interrumpir las disputas. 
En mayo de 1415, el desilusionado Papa promulgó una bula que contenía los mandatos de 
quemar los libros del Talmud y de segregar rigurosamente a los judíos, y, por otra parte, el de 
congregarlos tres veces por año en las iglesias para oír sermones misionales. Esa bula, no 
obstante, quedó muy pronto sin efecto, pues, ya en noviembre del mismo año, Benedicto XIII 
fue depuesto por el Concilio de Constanza. 

 
Mientras los musulmanes dominaron gran parte de la Península Ibérica y persistió el 

estado de guerra, los monarcas de los reinos cristianos mantuvieron casi siempre estrechos 
lazos con los judíos que vivían en sus territorios. Pese a las prohibiciones de la Iglesia, les 
confiaban altos cargos, sobre todo en el campo de la economía y las finanzas. La Iglesia 
castellana ocupaba una posición privilegiada. Más nacionalista que la de los demás países